Leyendo «El Gran Cronopio» de
Cristina Peri me puedo imaginar los largos paseos con Cortázar por La Rambla de
Barcelona, con esas conversaciones que sólo se pueden desarrollar en los libros
o en algunas películas y que de tenerlas en la “realidad” nos harían sospechar
de ser los personajes de una novela; y como la imaginación corre más que las
palabras y al igual que ocurre en los sueños, que estás en un lugar pero no es
exactamente ese lugar y hay personas de las que quizá no sabías de ellas, me
imagino a los dos entrando en un café frente a frente, hablando de una
traducción, de su último relato o novela; y aparece Gabo y se sienta con ellos,
los mira atento, analizador, y siguen hablando de literatura y todos su
quehaceres y paralelos oficios y orificios; ahora entra Bolaño, con las gafas
empañadas porque afuera está lloviendo, y hablan y discuten no ya de literatura
sino de política, y en esto que mezclan la soda (porque son latinoamericanos y
ellos dicen soda) con algún alcohol y también la literatura con la política y
sin darse cuenta hablan de literatura política o puede que de política
literaria… no, esto último no, esto es lo que hacen muchos políticos. El caso
es que en una mesa aledaña hay tres sombras cabizbajas mirando las tres el
fondo de su vaso, y no porque busquen algo, simplemente esperan a seguir con la
conversación mientras piensa e hilvanan sus próximas palabras. En el café sólo
se escucha a los latinos, que todos sabemos que somos más ruidosos; los tres
señores siguen mirando el fondo de sus respectivos vasos sin que la mesa de al lado
repare en las personalidades de estos tres señores: Dostoievski, Hesse y Böll. Se
escuchan las campanillas de la puerta, que más que campanillas son tubos que
suenan como campanillas, y aparece Chejov (sí, el escritor) a quien no conozco
pero me lo imagino taciturno, no sólo por ser escritor también por ser ruso; pero
hoy viene cantando y bailando una Barynya; entonces Gabo cree haber visto a esa
persona en algún otro sitio y se acerca pensando que es un exiliado uruguayo.
Regresa a la mesa latina y les dice quiénes están sentados en aquella mesa,
pues habló con ellos aunque él no sabe ruso y terminan todos hablando de Rusia
y Latinoamérica aunque ellos y yo preferimos decir América a secas. Los
taciturnos vuelven a su mesa a mirar el
fondo de sus vasos; Chejov duerme pues bailar le da sueño y los latinos siguen
hablando de sus países y las respectivas dictaduras. «Ayer triunfó la
revolución en Nicaragua» dice Cortázar, por lo que hoy es 20 de julio de 1979
(pero no lo digamos muy alto porque los autores de, entre otras obras, «El Jardín
de los Cerezos; Crimen y Castigo; El Lobo Estepario» se darían cuenta de que
están muertos físicamente y sólo Böll no habría pasado a formar parte de los
inmortales). Así que en la mesa de los latinos se habla (valga la redundancia)
de la esperanza latinoamericana, la semilla que espera cambiar el mundo y dar
un ejemplo de buenas prácticas; «Espero que los nicaragüenses aprrrrendan de
los fallos cubanos» dice Cortázar, y la conversación entre la uruguaya,
argentino, chileno y colombiano se vuelve una conversación literaria aunque sea
sobre política. Y yo que no quiero comparar, pues ya saben que las comparaciones
son odiosas, y hay trampa en eso de que «tiempo
pasado siempre fue mejor» pues todo lo que describo está empapado de la belleza
literaria que dejaron plasmados en sus novelas, cuentos, cartas (no había
Whatsapp), ensayos, entrevistas… porque la literatura transforma el exilio en
una lucha intelectual, en un acto de resistencia pacífica, y los muertos de las
dictaduras en jóvenes que enarbolaron como bandera la frase «morir de pie a
vivir de rodillas» con toda la dureza que supone quedarse antes de la «a»; pero
uno no puede evitar memorar otros tiempos cuando escucha una noticia que narra
cómo unos jóvenes salen en masa a cazar pokemon.
Con todo lo que está pasando: unos días atrás hubo un supuesto intento de golpe
de estado que mostró y muestra cómo se ha prostituido la palabra «Democracia»
pues se está llevando a cabo una represión injustificable y una forma de actuar
propia de un régimen dictatorial; el pueblo sirio sigue sin comprender cómo es
posible que los dejemos morir; ya pensamos que Ecuador se reconstruyó solito;
la amenaza de otra recesión económica en España; los ataques a la libertad de
expresión, las pateras que siguen llegando… y sí, sé que no es justo etiquetar
a una población, pues no hay que ir a los jóvenes de los 70 y 80 o rememorar
conversaciones en los cafés con intelectuales como Cortázar; sólo en España se
me viene a la cabeza muchos nombres de hechos en los últimos dieciséis años: Prestige,
Guerra de Irak, los movimientos antiglobalización, 15 M… pero hoy vuelvo a
escuchar a un hombre que habla de la reconquista y le echa la culpa a los
musulmanes de los atentados en Francia, y me dan ganas de decirle (pero no lo
hago): “y es que no sabe usted que la mayoría de los muertos en las acciones
más brutales llevadas a cabo por fundamentalistas islámicos son musulmanes”, y
entonces pienso que como el miedo a los comunistas ya no existe (excepto en España)
ahora se tienen que inventar otro miedo; sí, lo sé, no es justo decir que
tiempo pasado fue mejor, y no me queda duda de la gran mayoría de la gente sólo
quiere vivir en paz; y ahora no sé si escribo sobre política o es literatura.
Veo a los taciturnos (menos a Chejov, pues aún duerme) que dejan de mirar el fondo de su vaso para salir corriendo del café detrás de Cortázar,
Cristina Peri, Gabo y Bolaño, quienes ya han emprendido la carrera; no, no
huyen… buscan un pokemon. Sólo puedo
decir: ¡Pokemon Go Home!