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miércoles, 20 de julio de 2016

Pokemon Go Home

Leyendo «El Gran Cronopio» de Cristina Peri me puedo imaginar los largos paseos con Cortázar por La Rambla de Barcelona, con esas conversaciones que sólo se pueden desarrollar en los libros o en algunas películas y que de tenerlas en la “realidad” nos harían sospechar de ser los personajes de una novela; y como la imaginación corre más que las palabras y al igual que ocurre en los sueños, que estás en un lugar pero no es exactamente ese lugar y hay personas de las que quizá no sabías de ellas, me imagino a los dos entrando en un café frente a frente, hablando de una traducción, de su último relato o novela; y aparece Gabo y se sienta con ellos, los mira atento, analizador, y siguen hablando de literatura y todos su quehaceres y paralelos oficios y orificios; ahora entra Bolaño, con las gafas empañadas porque afuera está lloviendo, y hablan y discuten no ya de literatura sino de política, y en esto que mezclan la soda (porque son latinoamericanos y ellos dicen soda) con algún alcohol y también la literatura con la política y sin darse cuenta hablan de literatura política o puede que de política literaria… no, esto último no, esto es lo que hacen muchos políticos. El caso es que en una mesa aledaña hay tres sombras cabizbajas mirando las tres el fondo de su vaso, y no porque busquen algo, simplemente esperan a seguir con la conversación mientras piensa e hilvanan sus próximas palabras. En el café sólo se escucha a los latinos, que todos sabemos que somos más ruidosos; los tres señores siguen mirando el fondo de sus respectivos vasos sin que la mesa de al lado repare en las personalidades de estos tres señores: Dostoievski, Hesse y Böll. Se escuchan las campanillas de la puerta, que más que campanillas son tubos que suenan como campanillas, y aparece Chejov (sí, el escritor) a quien no conozco pero me lo imagino taciturno, no sólo por ser escritor también por ser ruso; pero hoy viene cantando y bailando una Barynya; entonces Gabo cree haber visto a esa persona en algún otro sitio y se acerca pensando que es un exiliado uruguayo. Regresa a la mesa latina y les dice quiénes están sentados en aquella mesa, pues habló con ellos aunque él no sabe ruso y terminan todos hablando de Rusia y Latinoamérica aunque ellos y yo preferimos decir América a secas. Los taciturnos vuelven a su mesa  a mirar el fondo de sus vasos; Chejov duerme pues bailar le da sueño y los latinos siguen hablando de sus países y las respectivas dictaduras. «Ayer triunfó la revolución en Nicaragua» dice Cortázar, por lo que hoy es 20 de julio de 1979 (pero no lo digamos muy alto porque los autores de, entre otras obras, «El Jardín de los Cerezos; Crimen y Castigo; El Lobo Estepario» se darían cuenta de que están muertos físicamente y sólo Böll no habría pasado a formar parte de los inmortales). Así que en la mesa de los latinos se habla (valga la redundancia) de la esperanza latinoamericana, la semilla que espera cambiar el mundo y dar un ejemplo de buenas prácticas; «Espero que los nicaragüenses aprrrrendan de los fallos cubanos» dice Cortázar, y la conversación entre la uruguaya, argentino, chileno y colombiano se vuelve una conversación literaria aunque sea sobre política. Y yo que no quiero comparar, pues ya saben que las comparaciones son odiosas, y hay trampa en eso de que «tiempo pasado siempre fue mejor» pues todo lo que describo está empapado de la belleza literaria que dejaron plasmados en sus novelas, cuentos, cartas (no había Whatsapp), ensayos, entrevistas… porque la literatura transforma el exilio en una lucha intelectual, en un acto de resistencia pacífica, y los muertos de las dictaduras en jóvenes que enarbolaron como bandera la frase «morir de pie a vivir de rodillas» con toda la dureza que supone quedarse antes de la «a»; pero uno no puede evitar memorar otros tiempos cuando escucha una noticia que narra cómo unos jóvenes salen en masa a cazar pokemon. Con todo lo que está pasando: unos días atrás hubo un supuesto intento de golpe de estado que mostró y muestra cómo se ha prostituido la palabra «Democracia» pues se está llevando a cabo una represión injustificable y una forma de actuar propia de un régimen dictatorial; el pueblo sirio sigue sin comprender cómo es posible que los dejemos morir; ya pensamos que Ecuador se reconstruyó solito; la amenaza de otra recesión económica en España; los ataques a la libertad de expresión, las pateras que siguen llegando… y sí, sé que no es justo etiquetar a una población, pues no hay que ir a los jóvenes de los 70 y 80 o rememorar conversaciones en los cafés con intelectuales como Cortázar; sólo en España se me viene a la cabeza muchos nombres de hechos en los últimos dieciséis años: Prestige, Guerra de Irak, los movimientos antiglobalización, 15 M… pero hoy vuelvo a escuchar a un hombre que habla de la reconquista y le echa la culpa a los musulmanes de los atentados en Francia, y me dan ganas de decirle (pero no lo hago): “y es que no sabe usted que la mayoría de los muertos en las acciones más brutales llevadas a cabo por fundamentalistas islámicos son musulmanes”, y entonces pienso que como el miedo a los comunistas ya no existe (excepto en España) ahora se tienen que inventar otro miedo; sí, lo sé, no es justo decir que tiempo pasado fue mejor, y no me queda duda de la gran mayoría de la gente sólo quiere vivir en paz; y ahora no sé si escribo sobre política o es literatura. Veo a los taciturnos (menos a Chejov, pues aún duerme) que dejan de mirar el fondo de su vaso  para salir corriendo del café detrás de Cortázar, Cristina Peri, Gabo y Bolaño, quienes ya han emprendido la carrera; no, no huyen… buscan un pokemon. Sólo puedo decir: ¡Pokemon Go Home!