Despertó mucho antes del amanecer, aun con aquel extraño sabor en la boca. Vio el espacio vacío que ella había dejado e instintivamente llevó sus pies descalzos hasta el salón. Allí estaba, sentada en un sofá italiano, mirando el infinito. Qué haces levantada a estas horas. No contestó. Su boca y pómulos realzados por las sombras que una luna en cuarto menguante soliviantaba; recordó las noches de incesto que su hijastras vivía con terror. El sabor en la boca. No podía dormir, tuve un sueño extraño, le dijo ella. Solo es un sueño, le contestó; él también lo había tenido. Un grupo de jóvenes rebosando en un camión, de esos que llamaban pies de hule, pero sus pañuelos era azul y blanco en vez de rojinegros. Cantaban y reían sin miedo. Memoró los jóvenes que junto a él lucharon en la revolución y sintió asco. Supo que su día estaba cerca, su ego no podía mantener aquella situación por más tiempo y caería como lo hicieron los árboles de metal. Caeré pero aplastaré a muchos en mi vuelco, pensó mientras esbozaba una mísera sonrisa. Malditos los jóvenes, los estudiantes... Tuvo un momento de lucidez en el que habló a sus fantasmas y recordó con envidia aquellos que dejaron la vida con brillo en los ojos, porque no tenían expectativas, porque fueron auténticos, y supo que aquel brillo se corrió en los genes y también en los colores. Ya solo me queda esperar mi caída, dijo en voz alta; y aquella fue su última frase lúcida. Vistas de página en total
viernes, 8 de junio de 2018
Azul y blanco rojinegro.
Despertó mucho antes del amanecer, aun con aquel extraño sabor en la boca. Vio el espacio vacío que ella había dejado e instintivamente llevó sus pies descalzos hasta el salón. Allí estaba, sentada en un sofá italiano, mirando el infinito. Qué haces levantada a estas horas. No contestó. Su boca y pómulos realzados por las sombras que una luna en cuarto menguante soliviantaba; recordó las noches de incesto que su hijastras vivía con terror. El sabor en la boca. No podía dormir, tuve un sueño extraño, le dijo ella. Solo es un sueño, le contestó; él también lo había tenido. Un grupo de jóvenes rebosando en un camión, de esos que llamaban pies de hule, pero sus pañuelos era azul y blanco en vez de rojinegros. Cantaban y reían sin miedo. Memoró los jóvenes que junto a él lucharon en la revolución y sintió asco. Supo que su día estaba cerca, su ego no podía mantener aquella situación por más tiempo y caería como lo hicieron los árboles de metal. Caeré pero aplastaré a muchos en mi vuelco, pensó mientras esbozaba una mísera sonrisa. Malditos los jóvenes, los estudiantes... Tuvo un momento de lucidez en el que habló a sus fantasmas y recordó con envidia aquellos que dejaron la vida con brillo en los ojos, porque no tenían expectativas, porque fueron auténticos, y supo que aquel brillo se corrió en los genes y también en los colores. Ya solo me queda esperar mi caída, dijo en voz alta; y aquella fue su última frase lúcida.
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