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viernes, 16 de septiembre de 2016

Sí, fui yo.




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Sí, fui yo. Quién iba a ser si no. Créame, usted también hubiera hecho lo mismo en mi lugar. No sabe por lo que he pasado todos estos años. Siempre con esa maldita. Para mí no tenía tiempo, pero para ella no le faltaba. Ya sé lo que me va a decir, o preguntar, que si yo no sabía que él era así. Cómo no lo iba a saber. Yo lo conocí estando con ella. Lo recuerdo como si fuera ayer; todos éramos jóvenes y hermosos; alrededor de una hoguera; el arrullo del mar y la luna eran nuestros aliados; aquellas interminables noches de verano eran maravillosas. Recuerdo el día que lo vi por primera vez; estaba con ella. No se puede usted imaginar cómo la abrazaba, sólo tenía ojos para ella; a mí me hubiera gustado estar entre esas manos, y finalmente lo conseguí. Claro, cómo no, nos fue muy bien todos estos años, éramos felices. Pero ella seguía allí. Al principio se cortaba, se centró en nosotros, yo tenía de esperanza de que llegara a olvidarla, que no necesitara a nadie más que a mí; pero no fue así. Empezó a dedicarle más tiempo, y más tiempo. Cada vez que podía estaba con ella. Al principio se iba fuera; me decía que había quedado con sus amigos; que iba a hacer deporte; a lavar el coche. Pero el mundo es muy pequeño, y más este pueblo, ya sabe usted. Mis amigas, y otras no tan amigas, me decían que lo habían visto con ella; sentado en la orilla de la playa; en el espigón mirando el atardecer… ¡eso nunca lo hizo conmigo!; incluso en la calle Real, allí a la vista de todos; se imagina usted que vergüenza podía sentir yo.  No, no me puedo tranquilizar. Ya escuché eso antes. Muchas amigas me lo dijeron; incluso familiares, como usted lo pensó antes. “Tú sabías que él era así”. Sí, pero pensé que podía cambiarle. Que conmigo no la necesitaría. Han sido muchos años, ¿sabe? Ya no puedo más. Cuando nació la niña dejó de dedicarle algo de tiempo; pronto volvió a lo mismo. No se puede imaginar lo que es escuchar en las primeras palabras de tu bebé el nombre de esa… ¡esa maldita diabla! ¿Qué no es para tanto? De últimas los vecinos me llamaban la atención; sabe lo que es que te digan que a tu marido se le escuchaba por todo el patio de luz; con ella; gritando como un poseso; incluso estando la niña allí delante. ¡No, no exagero! ¡No me vuelva a decir que exagero! Cómo no destrozarla, cómo no iba a hacerlo. Cómo no cortarla a cachitos como hice; y sí, disfruté mucho mientras lo hacía; la sierra cercenándole el cuello a esa condenada. ¡Oh música celestial! La hoja de mi serrucho acabando con sus curvas, o como el decía, “las curvas perfectas”. ¡Maldita seas! ¡Malditas seas! ¡Siempre maldita! No me mire así, no estoy loca. Él lloró, sabe. Ni cuando nació la niña lo vi llorar. Ni una lágrima al casarnos. Pero sí cuando la vio allí destrozada, sabiendo que ya nunca más la tocaría. No, no sólo es una guitarra; para él era algo más.