Sí, fui yo. Quién iba a ser si
no. Créame, usted también hubiera hecho lo mismo en mi lugar. No sabe por lo
que he pasado todos estos años. Siempre con esa maldita. Para mí no tenía
tiempo, pero para ella no le faltaba. Ya sé lo que me va a decir, o preguntar,
que si yo no sabía que él era así. Cómo no lo iba a saber. Yo lo conocí estando
con ella. Lo recuerdo como si fuera ayer; todos éramos jóvenes y hermosos;
alrededor de una hoguera; el arrullo del mar y la luna eran nuestros aliados;
aquellas interminables noches de verano eran maravillosas. Recuerdo el día que
lo vi por primera vez; estaba con ella. No se puede usted imaginar cómo la
abrazaba, sólo tenía ojos para ella; a mí me hubiera gustado estar entre esas
manos, y finalmente lo conseguí. Claro, cómo no, nos fue muy bien todos estos
años, éramos felices. Pero ella seguía allí. Al principio se cortaba, se centró
en nosotros, yo tenía de esperanza de que llegara a olvidarla, que no
necesitara a nadie más que a mí; pero no fue así. Empezó a dedicarle más
tiempo, y más tiempo. Cada vez que podía estaba con ella. Al principio se iba
fuera; me decía que había quedado con sus amigos; que iba a hacer deporte; a
lavar el coche. Pero el mundo es muy pequeño, y más este pueblo, ya sabe usted.
Mis amigas, y otras no tan amigas, me decían que lo habían visto con ella;
sentado en la orilla de la playa; en el espigón mirando el atardecer… ¡eso
nunca lo hizo conmigo!; incluso en la calle Real, allí a la vista de todos; se
imagina usted que vergüenza podía sentir yo. No, no me puedo tranquilizar. Ya escuché eso
antes. Muchas amigas me lo dijeron; incluso familiares, como usted lo pensó
antes. “Tú sabías que él era así”. Sí, pero pensé que podía cambiarle. Que
conmigo no la necesitaría. Han sido muchos años, ¿sabe? Ya no puedo más. Cuando
nació la niña dejó de dedicarle algo de tiempo; pronto volvió a lo mismo. No se
puede imaginar lo que es escuchar en las primeras palabras de tu bebé el nombre
de esa… ¡esa maldita diabla! ¿Qué no es para tanto? De últimas los vecinos me
llamaban la atención; sabe lo que es que te digan que a tu marido se le
escuchaba por todo el patio de luz; con ella; gritando como un poseso; incluso
estando la niña allí delante. ¡No, no exagero! ¡No me vuelva a decir que
exagero! Cómo no destrozarla, cómo no iba a hacerlo. Cómo no cortarla a cachitos
como hice; y sí, disfruté mucho mientras lo hacía; la sierra cercenándole el
cuello a esa condenada. ¡Oh música celestial! La hoja de mi serrucho acabando
con sus curvas, o como el decía, “las curvas perfectas”. ¡Maldita seas!
¡Malditas seas! ¡Siempre maldita! No me mire así, no estoy loca. Él lloró,
sabe. Ni cuando nació la niña lo vi llorar. Ni una lágrima al casarnos. Pero sí
cuando la vio allí destrozada, sabiendo que ya nunca más la tocaría. No, no sólo
es una guitarra; para él era algo más.
