A continuación dejo un relato con el que participé en el concurso "Cuando las plantas alimentan los coches", el cual me vino a la cabeza en estos días que se celebró el día mundial del Medio Ambiente.

—¿Por qué llorás viejo? —Preguntó
el pequeño Giovanni a su padre, Nicolás, mientras se fundían los tonos pasteles
en un azul cobrizo tras la inmensidad de los campos de soja.
Nicolás, sentado al lado de su
hijo sobre una roca y vestido con unos jeans, camisa de algodón caqui y una
gorra, respondió a Giovanni mientras se secaba las lágrimas:
—Sabés, hijo. Hace años le lancé
una cuestión a mi padre frente a este mismo campo, ¿por qué reís viejo? Y me
contestó: “porque acabo de escuchar la hierba crecer”.
Giovanni se
quedó en silencio, y tras observar detenidamente los cultivos y las leves olas
que formaba el viento en los mismos, volvió a preguntar a su padre:
—¿Y cómo podés
escuchar a la hierba crecer?
—Eso mismo le pregunté yo a mi
padre, —dijo Nicolás—. Tu abuelo me contó cómo su padre, después del trabajo,
se sentaba todos los atardeceres en este mismo lugar y escuchaba como crecían
los campos. Pero entonces había maíz y girasoles y trigo. Y allá, en la margen
derecha del río, teníamos frutales —dijo Nicolás señalando al Oeste—. Y por
donde queda el viejo roble había hortalizas. El
día que mi padre, tu abuelo, escuchó por primera vez crecer los campos, echó a
reír a carcajadas. Yo estaba con él ese día, y fue cuando le pregunté: ¿por qué
reís viejo? Al poco de nacer vos, escuché por primera vez ese sonido… y también
reí, y reí, y reí… y tu madre empezó a
reír porque en la cena a cada rato me reía.
Giovanni miraba a su padre
fijamente mientras este oteaba el horizonte. Las pupilas del pequeño se
dilataron y parecía que le hubieran crecido los ojos, como el sol, que se veía
inmenso y parecía sumergirse entre los campos de soja. Tras un breve silencio,
Nicolás añadió:
—Hace tiempo que no escucho los
campos crecer… Todo se perdió.
Nicolás se levantó en silencio y
empezó a caminar hacia su camioneta. Giovanni aún yacía con su mirada perdida
en el horizonte.
—Hijo, vení —exclamó Nicolás.
Estaba oscureciendo cuando
llegaron a la camioneta. Al entrar en el vehículo se quitó una vieja gorra que
tenía impreso en su frontal: «Roundup Ready» y bajo estas palabras «Monsanto». Después
de encender el motor, Nicolás accionó las luces. Los focos iluminaron una
inmensa valla publicitaria de latón, oxidada por los bordes, donde se veía una
gran imagen de un campesino sosteniendo una planta de soja entre sus manos y de
fondo un extenso cultivo de la misma planta, en el que se podía leer en grande «ALIMENTAMOS
EL PAÍS» y con letra más pequeña y
justamente debajo «Argentina con vos siempre». En el margen derecho y una
palabra encima de otra «CONABIA, INIAS y ASA», con sus respectivos logotipos.
Al llegar a casa, Laila, una
perra mestiza de pastor alemán y labrador, salió a su encuentro agitando
afanosamente el rabo, mientras daba vueltas sobre sí misma. La casa era de dos
plantas; de madera; pintada de color blanco. La pintura descascarillada dejaba
ver una madera ennegrecida con el paso de los años, dando un aspecto muy
deteriorado a la casa. El terreno no presentaba cerco en la parte delantera,
pero sí en la trasera donde tenían un pequeño cobertizo. Unos metros detrás de
éste, y al lado de una pequeña alberca que usaban en verano de piscina, se
levantaba la quijotesca figura de un tractor marca Lamborghini que compró
Lucas, el padre de Nicolás.
Entraron en la casa. Un inconfundible
olor se expandía por toda la estancia. Giovanni soltó su cazadora en el
perchero más bajo y corrió hacia la cocina siguiendo el olor del estofado de
carne.
—Uhmmmm que rico huele vieja, —dijo
Giovanni entrando en la cocina y dirigiéndose hacia la olla.
—Cada vez te parecés más a tu
padre, ¡ya olvidaste el beso! —exclamo Andrea, la madre del muchacho.
—¡Perdoná vieja! —se disculpó el
niño. En ese momento entró Nicolás, diciendo:
—¡Y en qué se parece este niño a
mi si es posible saber! —dijo en tono burlesco.
—Pues en que entraste y no le
diste un beso a tu mujer, ¡vos te parecés cada vez más a tu hijo! —Dijo
Giovanni, y rieron todos.
Se sentaron a comer en la mesa de
madera, cubierta por un hule de cuadros
blancos y azules, que estaba dentro de la cocina. Ésta no era muy grande. Compuesta
por tres módulos de madera, una cocina de gas y un horno de leña. Encima de la hornilla
de gas una pequeña ventana orientada al Este. En la pared, frente a la ventana,
colgados algunos útiles de la vida rural de otra época: tres llaves de hierro
de gran tamaño, una viaja cuchara de latón, un plato con motivos florales y un
viejo reloj que el tiempo había parado. Andrea sirvió a Giovanni y a Nicolás.
–
Andrea, ¿no comés? —Preguntó Nicolás.
–
No ya cené mientras esperaba —dijo Andrea con un
semblante serio.
Cuando Giovanni terminó su plato
pidió permiso a la madre para agarrar un yogurt. La madre respondió:
—Sí hijo, mirá a ver, creo que queda
uno.
Después de
comerse el yogurt Giovanni preguntó:
—¿Puedo ver la
televisión? A lo cual se adelantó Andrea a responder:
—No hijo, mañana tenés escuela y
después no hay quien te levante. Podés leer un rato si querés.
—¿Subes después y me arropas? –Preguntó Giovanni.
—Después subo y te doy un beso de
buenas noches –dijo Andrea.
—Buenas noches viejo, —dijo el
niño dándole un beso a su padre.
Andrea se levantó y puso agua a
hervir. Le acercó la matera y la hierba a Nicolás. La casa quedó en silencio.
Solo se escuchaba levemente la radio.
—No sé que hacer, eché el último
trozo de res en el estofado y ya no tenemos
más plata —dijo Andrea mientras se condensaban lágrimas en sus ojos,
retenidas unos segundos por sus largas y tupidas pestañas.
—Tranquila mujer, le pediré algo
prestado a Marcos para los próximos días, —dijo Nicolás.
—Los Ibarra también se van. –Dijo
Andrea, como si hubiera retenido esa frase hasta salir contra su voluntad, y
añadió— Carla tiene una tía en Buenos Aires y parece que puede conseguirle
trabajo como asistenta de hogar.
—¡Pero qué decís mujer! ¡Creés
que no puedo hacerme cargo de mi familia! –dijo Nicolás subiendo el tono de voz.
—Yo no dije eso —respondió Andrea
mientas agarraba la mano de su marido—. Pero no podemos seguir así. Hasta cuándo
creés que podemos aguantar. Vos sabés mejor que yo que esto no mejorará,
quedarnos aquí es condenarnos a nosotros y nuestro hijo —añadió Andrea
apretando con todas sus fuerzas la mano de Nicolás y reprimiendo el llanto y
las ganas de gritar.
—Me pedís que abandone todo lo
que tenemos para irnos a la ciudad, a hacer qué… para que trabajés en la casa
de otros —dijo Nicolás.
—Sí, si es necesario. Por lo
menos no nos moriremos de hambre –dijo Andrea. Tras un breve silencio, añadió
Nicolás:
—¡Y qué querés que yo haga!, el
campo es toda mi vida.
—Pero aquí ya no hay vida, ¡no me
jodás!, —dijo Andrea elevando el tono de voz y soltándose en llanto—. ¿Y qué
querés para tu hijo? ¡La soja querés, esa jodida nos está quitando la vida! —dijo
Andrea gritando.
Andrea se levantó y se fue. Nicolás
escuchó como subía por las escaleras hacia el cuarto de Giovanni. El hombre se
quedó sumergido en sus pensamientos. El sonido del agua hirviendo y derramándose
de la olla lo sacó de sí. Se levantó y apagó el fuego. Agarró las asas con un
trapo y volcó el contenido en un termo. Apagó la radio para volver a la mesa.
Llenó el mate con la hierba y empezó a cebarlo.
Después de una hora se levantó y
dirigió sus pasos hacia la puerta trasera de la casa, atravesando el salón.
Salió de la casa y cruzó el patio hasta el cobertizo. Paró delante de la puerta.
Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y escogió una llave oxidada. Abrió el
candado con la misma y entró. Fue hacia el fondo. Apartó una vieja corta
césped, un rastrillo y una pala. Movió una caja de cartón, que contenía latas
de pintura con las tapas corroídas por el óxido, y una vieja batería de coche.
Se agachó delante de una caja de hierro cubierta por un trozo de tela. Destapó
la caja, moviendo la capa de polvo que se había acumulado durante años, y miró
detenidamente el candado. Volvió a sacar el manojo de llaves. Seleccionó una
pequeña llave del mismo y la introdujo en el candado. Giró suavemente la llave
pero el candado no saltó. Movió la llave en varias direcciones hasta que
finalmente se abrió. Quitó el candado y levantó la tapa de la caja. Agarró un
objeto cubierto por restos de una camisa de franela. Lo destapó y quedó a la
vista un revólver, un viejo Colt. Abrió el tambor y
vio que estaba vacío. Buscó en la caja y halló otro trozo de la camisa
que envolvía 9 balas. Introdujo lentamente una bala en cada una de las seis recámaras.
Se levantó. Observó el revolver. Levantó el mismo lentamente hasta introducir
el cañón en su boca. Sintió el frío del hierro en contacto con sus labios y su
lengua. Cerró los ojos mientras un escalofrío le invadía todo el cuerpo. Con el
pulgar empezó suavemente a presionar el gatillo. El sudor le resbalaba desde la
frente al cuello. Podía escuchar los latidos de su corazón en los oídos. Un
sabor amargo le invadió la boca. Abrió los ojos decidido a poner fin a su vida.
Observó delante de él una viaja foto colgada en la pared. Era él de niño junto
a su padre, su abuelo y aquel viejo tractor. Se acordó del momento en que
tomaron la fotografía. El motivo fue la compra del tractor. Momentos antes,
Lucas, el padre de Nicolás, sentó al pequeño Nicolás en sus piernas y le
entregó el volante de la máquina. Nicolás, a pesar de tantos años atrás,
recordaba las palabras exactas de la conversación: “me da miedo viejo”, a lo
cual respondió su padre: “Hijo, los miedos siempre están ahí. Si no te
enfrentás a ellos, nunca se irán. Agarrá el volante. No temás”.
Nicolás sintió
en ese instante como una gran tranquilidad le invadía todo el cuerpo. Fue
retirando lentamente la tensión sobre el gatillo. En ese momento escuchó como
se abría la puerta, apresurándose a apartar el revolver de su boca y volviendo
a aplicar fuerza sobre el dedo pulgar, esta vez sin pretenderlo, y accionando
el gatillo. Un fuerte estruendo se escuchó en toda la casa. Laila, la perra,
había asomado la cabeza por la puerta, y tras la detonación, salió aullando y
corriendo en dirección a la casa. El disparo despertó al pequeño Giovanni y su
madre, que se había dormido junto a él.
Managua, septiembre de 2013.