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jueves, 23 de junio de 2016

Sí quiero

Allá por el año 2019 en algún lugar de España...




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—Pase por favor, ¿y usted es?
—Me llamo...
—No, no; el número identificativo que le dieron al entrar. Soy muy profesional y no me gusta desarrollar ningún tipo de vínculo con mis pacientes.
—Si se refiere a la etiqueta en la que pone: ES795, me niego a ser una matrícula de coche. Llámeme Antonio.
—Como quiera ES795, le llamaré Antonio. Muestra síntomas claros de desalienación patriótica, pero vayamos al grano. ¿Qué opina de esas pintadas que aparecieron por toda la ciudad? ¿Cree que ese comportamiento es normal?
—Asumo la autoría de las pintadas y estoy dispuesto a reparar los daños.
—El problema no son las pintadas, eso es lo de menos. La mayoría, según mis informes, aparecen en muros de edificios sin uso; lo que importa es el contenido. ¿Qué es eso del miedo al poderoso?
—Supongo que sabrá que esas palabras pertenecen a Don Quijote quien habló mediante la prosa de Cervantes.
—Sí, sí... ya sé y por eso también la urgencia. ¿Sabe que El Quijote no está entre los libros recomendados por el Estado. ¿Supongo que conoce la multa?
—No se ofenda pero la lista de libros que ofrece el Estado no se podría considerar como literatura; acaso cree que la vida de Telen Esteban, Marujita Semana y La Fantocha se pueden considerar libros; son meros cúmulos de letras plasmadas en folios y grapados o digitalizados... es un insulto a la inteligencia.
—Aja, interesante, presenta el extinto síndrome Fahrenheit 451. Increíble, no salgo de mi asombro. Volviendo atrás; le vuelvo a preguntar: ¿qué es eso del miedo al poderoso y a nosotros mismos?
—Bueno ya sabe, vivimos en tiempos difíciles agraviados por la indecisión de tomar las riendas de nuestra vida y tenemos el derecho y deber de hacerlo.
—Ya veo. Un claro caso de enajenación mental causada por una neurosis reiterativa del lóbulo frontal que causa una visión de la vida irreal en utopía manifiesta. ¡Maravilloso! Lo había estudiado pero nunca vi un caso real. Sí, recuerdo aquellos casos prácticos de los que nos hablaban en la facultad: 15M, Mayo del 68...
—Por favor, dígame qué hago aquí.
—¿No lo sabe? Usted ha sido catalogado como enemigo público mundial primer grado.
—¿Primer grado? ¿Y cuáles son los otros?
—De menor a mayor tenemos: grado 5______ecologistas, Scouts
                                                  grado 4______bolchevique, marxista-leninista,
                                                  grado 3______Pro Venezuela, seguidores de Mafalda
                                                  grado 2______ Soñadores
                                                  grado 1______ Inconformistas

—¿Y qué pasará conmigo?
—Antonio, usted será intervenido de urgencia y sometido a una lobotomía.
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!
—¡Antonio cariño qué te pasa! Tranquilo tuviste una pesadilla.
—Uff, ¿qué días es hoy?
—26 de junio.
—¿Hoy se votaba, verdad?
—Sí claro, pero tú no querías ir.




viernes, 17 de junio de 2016

Destino...

Me preguntó por mi destino, pero no supe contestarle. Quedé sin habla, mudo. Como estatua de carne. Sus ojos color índigo eran imposibles. Iris cachemira que parecían girar con cada parpadeo, en un baile de luz y sombra; sombra creada por sus largas pestañas, qué digo pestañas, hebras escapadas del más bello sari. Así se me presentó…, y así, me habló de nuevo: perdone caballero, ¿va a comprar un billete?, si no es así, le pido que se aparte de la fila. Gracias.

miércoles, 15 de junio de 2016

50 palabras

Cincuenta almas multicolores volaron el pasado domingo en un lento Soul. La Segunda Enmienda volvió a retorcer su trazo en la dialéctica entre el dolor y la vergüenza. Los profetas, desde sus lechos, arañan un cielo de tierra mientras gritan lo que debería cantarse: es amor, es amor, es amor.

martes, 7 de junio de 2016

ROUNDOP READY

A continuación dejo un relato con el que participé en el concurso "Cuando las plantas alimentan los coches", el cual me vino a la cabeza en estos días que se celebró el día mundial del Medio Ambiente.  


—¿Por qué llorás viejo? —Preguntó el pequeño Giovanni a su padre, Nicolás, mientras se fundían los tonos pasteles en un azul cobrizo tras la inmensidad de los campos de soja.
Nicolás, sentado al lado de su hijo sobre una roca y vestido con unos jeans, camisa de algodón caqui y una gorra, respondió a Giovanni mientras se secaba las lágrimas:
—Sabés, hijo. Hace años le lancé una cuestión a mi padre frente a este mismo campo, ¿por qué reís viejo? Y me contestó: “porque acabo de escuchar la hierba crecer”.
Giovanni se quedó en silencio, y tras observar detenidamente los cultivos y las leves olas que formaba el viento en los mismos, volvió a preguntar a su padre:
—¿Y cómo podés escuchar a la hierba crecer?
—Eso mismo le pregunté yo a mi padre, —dijo Nicolás—. Tu abuelo me contó cómo su padre, después del trabajo, se sentaba todos los atardeceres en este mismo lugar y escuchaba como crecían los campos. Pero entonces había maíz y girasoles y trigo. Y allá, en la margen derecha del río, teníamos frutales —dijo Nicolás señalando al Oeste—. Y por donde queda el viejo roble había hortalizas. El día que mi padre, tu abuelo, escuchó por primera vez crecer los campos, echó a reír a carcajadas. Yo estaba con él ese día, y fue cuando le pregunté: ¿por qué reís viejo? Al poco de nacer vos, escuché por primera vez ese sonido… y también reí,  y reí, y reí… y tu madre empezó a reír porque en la cena a cada rato me reía.
Giovanni miraba a su padre fijamente mientras este oteaba el horizonte. Las pupilas del pequeño se dilataron y parecía que le hubieran crecido los ojos, como el sol, que se veía inmenso y parecía sumergirse entre los campos de soja. Tras un breve silencio, Nicolás añadió:
—Hace tiempo que no escucho los campos crecer… Todo se perdió.

Nicolás se levantó en silencio y empezó a caminar hacia su camioneta. Giovanni aún yacía con su mirada perdida en el horizonte.
—Hijo, vení —exclamó Nicolás.
Estaba oscureciendo cuando llegaron a la camioneta. Al entrar en el vehículo se quitó una vieja gorra que tenía impreso en su frontal: «Roundup Ready» y bajo estas palabras «Monsanto». Después de encender el motor, Nicolás accionó las luces. Los focos iluminaron una inmensa valla publicitaria de latón, oxidada por los bordes, donde se veía una gran imagen de un campesino sosteniendo una planta de soja entre sus manos y de fondo un extenso cultivo de la misma planta, en el que se podía leer en grande «ALIMENTAMOS EL PAÍS»  y con letra más pequeña y justamente debajo «Argentina con vos siempre». En el margen derecho y una palabra encima de otra «CONABIA, INIAS y ASA», con sus respectivos logotipos.

Al llegar a casa, Laila, una perra mestiza de pastor alemán y labrador, salió a su encuentro agitando afanosamente el rabo, mientras daba vueltas sobre sí misma. La casa era de dos plantas; de madera; pintada de color blanco. La pintura descascarillada dejaba ver una madera ennegrecida con el paso de los años, dando un aspecto muy deteriorado a la casa. El terreno no presentaba cerco en la parte delantera, pero sí en la trasera donde tenían un pequeño cobertizo. Unos metros detrás de éste, y al lado de una pequeña alberca que usaban en verano de piscina, se levantaba la quijotesca figura de un tractor marca Lamborghini que compró Lucas, el padre de Nicolás.

Entraron en la casa. Un inconfundible olor se expandía por toda la estancia. Giovanni soltó su cazadora en el perchero más bajo y corrió hacia la cocina siguiendo el olor del estofado de carne.
—Uhmmmm que rico huele vieja, —dijo Giovanni entrando en la cocina y dirigiéndose hacia la olla.
—Cada vez te parecés más a tu padre, ¡ya olvidaste el beso! —exclamo Andrea, la madre del muchacho.
—¡Perdoná vieja! —se disculpó el niño. En ese momento entró Nicolás, diciendo:
—¡Y en qué se parece este niño a mi si es posible saber! —dijo en tono burlesco.
—Pues en que entraste y no le diste un beso a tu mujer, ¡vos te parecés cada vez más a tu hijo! —Dijo Giovanni, y rieron todos.

Se sentaron a comer en la mesa de  madera, cubierta por un hule de cuadros blancos y azules, que estaba dentro de la cocina. Ésta no era muy grande. Compuesta por tres módulos de madera, una cocina de gas y un horno de leña. Encima de la hornilla de gas una pequeña ventana orientada al Este. En la pared, frente a la ventana, colgados algunos útiles de la vida rural de otra época: tres llaves de hierro de gran tamaño, una viaja cuchara de latón, un plato con motivos florales y un viejo reloj que el tiempo había parado. Andrea sirvió a Giovanni y a Nicolás.
        Andrea, ¿no comés? —Preguntó Nicolás.
        No ya cené mientras esperaba —dijo Andrea con un semblante serio.
Cuando Giovanni terminó su plato pidió permiso a la madre para agarrar un yogurt. La madre respondió:
—Sí hijo, mirá a ver, creo que queda uno.
Después de comerse el yogurt Giovanni preguntó:
—¿Puedo ver la televisión? A lo cual se adelantó Andrea a responder:
—No hijo, mañana tenés escuela y después no hay quien te levante. Podés leer un rato si querés.
—¿Subes después y me arropas? –Preguntó Giovanni.
—Después subo y te doy un beso de buenas noches –dijo Andrea.
—Buenas noches viejo, —dijo el niño dándole un beso a su padre.
Andrea se levantó y puso agua a hervir. Le acercó la matera y la hierba a Nicolás. La casa quedó en silencio. Solo se escuchaba levemente la radio.
—No sé que hacer, eché el último trozo de res en el estofado y ya no tenemos  más plata —dijo Andrea mientras se condensaban lágrimas en sus ojos, retenidas unos segundos por sus largas y tupidas pestañas.
—Tranquila mujer, le pediré algo prestado a Marcos para los próximos días, —dijo Nicolás.
—Los Ibarra también se van. –Dijo Andrea, como si hubiera retenido esa frase hasta salir contra su voluntad, y añadió— Carla tiene una tía en Buenos Aires y parece que puede conseguirle trabajo como asistenta de hogar.
—¡Pero qué decís mujer! ¡Creés que no puedo hacerme cargo de mi familia! –dijo Nicolás subiendo el tono de voz.
—Yo no dije eso —respondió Andrea mientas agarraba la mano de su marido—. Pero no podemos seguir así. Hasta cuándo creés que podemos aguantar. Vos sabés mejor que yo que esto no mejorará, quedarnos aquí es condenarnos a nosotros y nuestro hijo —añadió Andrea apretando con todas sus fuerzas la mano de Nicolás y reprimiendo el llanto y las ganas de gritar.
—Me pedís que abandone todo lo que tenemos para irnos a la ciudad, a hacer qué… para que trabajés en la casa de otros —dijo Nicolás.
—Sí, si es necesario. Por lo menos no nos moriremos de hambre –dijo Andrea. Tras un breve silencio, añadió Nicolás:
—¡Y qué querés que yo haga!, el campo es toda mi vida.
—Pero aquí ya no hay vida, ¡no me jodás!, —dijo Andrea elevando el tono de voz y soltándose en llanto—. ¿Y qué querés para tu hijo? ¡La soja querés, esa jodida nos está quitando la vida! —dijo Andrea gritando.

Andrea se levantó y se fue. Nicolás escuchó como subía por las escaleras hacia el cuarto de Giovanni. El hombre se quedó sumergido en sus pensamientos. El sonido del agua hirviendo y derramándose de la olla lo sacó de sí. Se levantó y apagó el fuego. Agarró las asas con un trapo y volcó el contenido en un termo. Apagó la radio para volver a la mesa. Llenó el mate con la hierba y empezó a cebarlo.
Después de una hora se levantó y dirigió sus pasos hacia la puerta trasera de la casa, atravesando el salón. Salió de la casa y cruzó el patio hasta el cobertizo. Paró delante de la puerta. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y escogió una llave oxidada. Abrió el candado con la misma y entró. Fue hacia el fondo. Apartó una vieja corta césped, un rastrillo y una pala. Movió una caja de cartón, que contenía latas de pintura con las tapas corroídas por el óxido, y una vieja batería de coche. Se agachó delante de una caja de hierro cubierta por un trozo de tela. Destapó la caja, moviendo la capa de polvo que se había acumulado durante años, y miró detenidamente el candado. Volvió a sacar el manojo de llaves. Seleccionó una pequeña llave del mismo y la introdujo en el candado. Giró suavemente la llave pero el candado no saltó. Movió la llave en varias direcciones hasta que finalmente se abrió. Quitó el candado y levantó la tapa de la caja. Agarró un objeto cubierto por restos de una camisa de franela. Lo destapó y quedó a la vista un revólver, un viejo Colt. Abrió el tambor y vio que estaba vacío. Buscó en la caja y halló otro trozo de la camisa que envolvía 9 balas. Introdujo lentamente una bala en cada una de las seis recámaras. Se levantó. Observó el revolver. Levantó el mismo lentamente hasta introducir el cañón en su boca. Sintió el frío del hierro en contacto con sus labios y su lengua. Cerró los ojos mientras un escalofrío le invadía todo el cuerpo. Con el pulgar empezó suavemente a presionar el gatillo. El sudor le resbalaba desde la frente al cuello. Podía escuchar los latidos de su corazón en los oídos. Un sabor amargo le invadió la boca. Abrió los ojos decidido a poner fin a su vida. Observó delante de él una viaja foto colgada en la pared. Era él de niño junto a su padre, su abuelo y aquel viejo tractor. Se acordó del momento en que tomaron la fotografía. El motivo fue la compra del tractor. Momentos antes, Lucas, el padre de Nicolás, sentó al pequeño Nicolás en sus piernas y le entregó el volante de la máquina. Nicolás, a pesar de tantos años atrás, recordaba las palabras exactas de la conversación: “me da miedo viejo”, a lo cual respondió su padre: “Hijo, los miedos siempre están ahí. Si no te enfrentás a ellos, nunca se irán. Agarrá el volante. No temás”.

Nicolás sintió en ese instante como una gran tranquilidad le invadía todo el cuerpo. Fue retirando lentamente la tensión sobre el gatillo. En ese momento escuchó como se abría la puerta, apresurándose a apartar el revolver de su boca y volviendo a aplicar fuerza sobre el dedo pulgar, esta vez sin pretenderlo, y accionando el gatillo. Un fuerte estruendo se escuchó en toda la casa. Laila, la perra, había asomado la cabeza por la puerta, y tras la detonación, salió aullando y corriendo en dirección a la casa. El disparo despertó al pequeño Giovanni y su madre, que se había dormido junto a él.



Managua, septiembre de 2013.