Me preguntó por mi destino, pero
no supe contestarle. Quedé sin habla, mudo. Como estatua de carne. Sus ojos
color índigo eran imposibles. Iris cachemira que parecían girar con cada
parpadeo, en un baile de luz y sombra; sombra creada por sus largas pestañas,
qué digo pestañas, hebras escapadas del más bello sari. Así se me presentó…, y
así, me habló de nuevo: perdone caballero, ¿va a comprar un billete?, si no es
así, le pido que se aparte de la fila. Gracias.
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