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miércoles, 25 de mayo de 2016

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   Viajo a una media de 110 km por hora. Las dos ventanillas bajadas al máximo hacen que la sensación "velocipédica" roce la de la luz. El aire aúlla en mis oídos y enarbola mi camiseta. El mar aparece y desaparece, por momentos azul, por momentos verde. La A7 me lleva entre invernaderos y paredes de roca. Voy pensando en los tiempos convulsos, en la proximidad de las elecciones, en qué voy a hacer con las palabras escritas, con las dos novelas especialmente, con la tercera que se está gestando. La gente no lee; mentira, sí lo hacen, están todo el día leyendo el WhatsApp. Unas inmensas ganas de mear asoman desde Adra, pero me impongo el límite físico de la ciudad de Pablo Ruiz; cuando paso ésta me detengo en la primera gasolinera que encuentro; casi me estalla la vejiga. Me sirvo café del termo, lo que hay que hacer para ahorrar unos euros: uno del café, unos cientos del aire del coche. El café sabe a detergente, puto vaso de plástico. Perdón por los tacos, pero ayer leí una novela de Bucowski (Cartero) y fueron muchas las horas que pasé con Chinaski, aunque yo no bebí, él sí. Me gusta el realismo sucio, quizá porque la realidad es sucia, al menos la que impregna la luna de mi coche.
   Así empiezo mi bloc, sin saber ciertamente cómo se escribe blog, y sin saber exactamente qué coño (ya saben, Chinaski) es un blog. Pero si Hank Chinaski decidió escribir su novela tras una noche de fiesta cualquiera, por qué no hacer un blog tras un viaje cualquiera.

  

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