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sábado, 26 de noviembre de 2016

El viaje

El Granma se desliza entre la espuma fatua de un violento mar de éter, es 25 de noviembre. El hombre de barba cana la mira fijamente y dice en un tono pausado: "maldita yanqui imperialista, adelante". La parca ataviada de negro traga saliva y sabe lo fatal de su golpe; no siente ni pena ni gloria, simplemente hace su trabajo, pero sabe que el anciano que tiene delante no se irá con ella, al menos no del todo. Piensa en todos esos años que evitó llevárselo, detrás de él con la guadaña afilada; siempre lo dejaba ir en el último momento. No quiero convertir a otro hombre en inmortal, mucho menos en héroe —piensa. Pero es tarde, el anciano fue en su búsqueda sin que le temblaran los pasos mientras su corazón latía lentamente, como lo hizo hace muchos años. Se recuerda partiendo de México en aquella embarcación que se le hacía indestructible, mientras el río Tuxpan lamía frenéticamente la proa del yate. Sus dedos acariciaban la barba (entonces) con destellos rojizos mientras los ojos iban más allá del horizonte, buscando la muerte, desafiándola tal vez. Los pies, en toscas botas de cuero, se hunden en el mar y después en la arena de la playa, la Revolución había comenzado. Ahora se le vienen a la mente aquellos versos de Martí, «Qué importa que tu puñal», que tanto rememoró en la selva cuando por las noches fumaba en el hipnótico zumbido nocturno. Ella está allí, frente a él. Con cada uno de estos inmortales yo muero un poco más —piensa, y ríe bajo el absurdo de que la muerte pueda morir—. Respeta al anciano de estatura hercúlea, una de esas vidas que parió el siglo XX con halo de literatura, de esa prosa latina que te lleva a un inconexo tiempo entre la memoria colectiva y lo que dicen los libros de historia, todo empañado por un vaho surrealista. El Granma rompe las aguas del Tuxpan dejando una estela. Llueve. Es 25 de noviembre de 1956.

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