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sábado, 27 de agosto de 2016

Mañana será...

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Qué está pasando en España... que la tierra nos entrega corazón y cerebros. Sí, salgo de duda; mañana será republicana.

martes, 23 de agosto de 2016

AQUELLOS MARAVILLOSOS PIES BLANDOS

En el XXXXLLLVVTIIIOPHHXLV encuentro planetario de cuerpos que conforman el sistema solar, y que se celebra de forma periódica, al menos desde que el cometa Halley empezó sus vaivenes por el espacio cósmico y Centauri no estaba destetado de Alfa, se escucharon cosas que viene siendo repetitivas y comunes cuando no tediosas: Saturno, volvía a exponer la necesidad de agrandar sus anillos pues se le aproximaban cada vez más a su ovalado cuerpo; Plutón, seguía argumentando que se sentía un segundón, y que todavía los pequeños terrícolas no se aclaraban sobre si era planeta o satélite o como lo llamaban de últimas, “planeta enano”; Venus, proponía un cambio de nombre, algo más usual como Afrodita del Hiperespacio; mientras que Sol planteaba poder apagarse diez años cada cien mil pues estaba un poco harto de pasar tanto calor; en esto que habló Tierra, la más bella como decía Júpiter, y quizá por ello tan respetada en el Sistema. «Estoy seriamente afectada. Los Pies Blandos que tanto he amado y a los que tanto dí, me tiene afligida». Aclarar por si el lector no se ha dado cuenta que los Pies Blandos somos los humanos, y como dato aportado por el narrado omnipresente que todo lo sabe, diré que el resto de los planetas envidiaban a la Tierra por recibir esas cosquillas que los Pies Blandos le hacían al andar, y que sólo ella y la Luna conocían. «Al principio me hacían cosquillas con sus pies, rascaban para que les diera alimentos e incluso inventaban bailes graciosos para que les lanzara agua; si bien es verdad que a veces me he enfadado, sobre todo cuando los veo luchar entre ellos, en los últimos doscientos años los he visto hacer cosas dantescas; ¡ahora me agujerean para sacar, y perdón por la palabra, la mierda que llevo en mi interior! Aunque ellos le llaman oro negro». Urano, el gracioso, interrumpe «por qué ahora te quejas cuando siempre presumías de las cosquillas que te hacía tus Pies Blandos, no será que estás un poco “bipolar”… jaja, lo cogéis “bipolar” por los dos polos». Saturno lanza una lluvia de asteroides sobre Urano quien se da cuenta de lo desafortunado de su comentario. Tierra sigue hablando: «Conforme fueron cubriendo sus pies han ido cambiando su forma de actuar conmigo, creo que han perdido la cordura y no sé qué hacer». Marte el más radical, dice «deja de darles comida por un tiempo, que aprendan; a mí también me preocupa, empezaron contigo y yo seré el siguiente; a cuento de qué se estuvieron llevando trozos míos, por no hablar de todas esa chatarra que están lanzan». «Trágatelos Tierra —truena Sol—, sería un buen momento para empezar mis diez años de descanso; lo notarían, os lo aseguro. Los veo que me miran desde las playas y en los desiertos —que también tienen arena— me huyen, de verdad que no entiendo a estos Pies Blandos». Neptuno, siempre tan callado como de costumbre sentenció «eh ahí el problema; sus pies ya no son blandos sino duros; lo ha dicho Tierra, desde que cubrieron sus pies han cambiado, por lo tanto la solución pasa por descubrir sus pies». Mercurio se suma «Joder Neptuno, desde aquí al fondo se te ve con ese color azulado que te da un aspecto un tanto… cómo lo diría: algo bobalicón, pero cuando hablas hasta las mismas Perseidas paran su vuelo». Urano vuelve con una de sus gracias «Ese color del que hablas lo provoca el metano de sus flatulencias planetarias, ja, ja… (¡BOOOOOOOOM!, otros cientos de asteroides lanzados por Saturno), a este paso voy a terminar como un planeta gruyer». Habla Tierra: «Pero qué voy a hacer yo con tantos zapatos, dónde los puedo guardar; además, algunos tienen varios pares ellos». «Tal vez con coger uno sólo a cada Pies Blandos bastaría» —vuelve a proclamar Neptuno.

Y es por eso que en las playas y charcas, campos y estepas, montañas, valles y depresiones… de encontrar un zapato, bota, chancla o zapatilla nunca encontraremos el par.   

miércoles, 20 de julio de 2016

Pokemon Go Home

Leyendo «El Gran Cronopio» de Cristina Peri me puedo imaginar los largos paseos con Cortázar por La Rambla de Barcelona, con esas conversaciones que sólo se pueden desarrollar en los libros o en algunas películas y que de tenerlas en la “realidad” nos harían sospechar de ser los personajes de una novela; y como la imaginación corre más que las palabras y al igual que ocurre en los sueños, que estás en un lugar pero no es exactamente ese lugar y hay personas de las que quizá no sabías de ellas, me imagino a los dos entrando en un café frente a frente, hablando de una traducción, de su último relato o novela; y aparece Gabo y se sienta con ellos, los mira atento, analizador, y siguen hablando de literatura y todos su quehaceres y paralelos oficios y orificios; ahora entra Bolaño, con las gafas empañadas porque afuera está lloviendo, y hablan y discuten no ya de literatura sino de política, y en esto que mezclan la soda (porque son latinoamericanos y ellos dicen soda) con algún alcohol y también la literatura con la política y sin darse cuenta hablan de literatura política o puede que de política literaria… no, esto último no, esto es lo que hacen muchos políticos. El caso es que en una mesa aledaña hay tres sombras cabizbajas mirando las tres el fondo de su vaso, y no porque busquen algo, simplemente esperan a seguir con la conversación mientras piensa e hilvanan sus próximas palabras. En el café sólo se escucha a los latinos, que todos sabemos que somos más ruidosos; los tres señores siguen mirando el fondo de sus respectivos vasos sin que la mesa de al lado repare en las personalidades de estos tres señores: Dostoievski, Hesse y Böll. Se escuchan las campanillas de la puerta, que más que campanillas son tubos que suenan como campanillas, y aparece Chejov (sí, el escritor) a quien no conozco pero me lo imagino taciturno, no sólo por ser escritor también por ser ruso; pero hoy viene cantando y bailando una Barynya; entonces Gabo cree haber visto a esa persona en algún otro sitio y se acerca pensando que es un exiliado uruguayo. Regresa a la mesa latina y les dice quiénes están sentados en aquella mesa, pues habló con ellos aunque él no sabe ruso y terminan todos hablando de Rusia y Latinoamérica aunque ellos y yo preferimos decir América a secas. Los taciturnos vuelven a su mesa  a mirar el fondo de sus vasos; Chejov duerme pues bailar le da sueño y los latinos siguen hablando de sus países y las respectivas dictaduras. «Ayer triunfó la revolución en Nicaragua» dice Cortázar, por lo que hoy es 20 de julio de 1979 (pero no lo digamos muy alto porque los autores de, entre otras obras, «El Jardín de los Cerezos; Crimen y Castigo; El Lobo Estepario» se darían cuenta de que están muertos físicamente y sólo Böll no habría pasado a formar parte de los inmortales). Así que en la mesa de los latinos se habla (valga la redundancia) de la esperanza latinoamericana, la semilla que espera cambiar el mundo y dar un ejemplo de buenas prácticas; «Espero que los nicaragüenses aprrrrendan de los fallos cubanos» dice Cortázar, y la conversación entre la uruguaya, argentino, chileno y colombiano se vuelve una conversación literaria aunque sea sobre política. Y yo que no quiero comparar, pues ya saben que las comparaciones son odiosas, y hay trampa en eso de que «tiempo pasado siempre fue mejor» pues todo lo que describo está empapado de la belleza literaria que dejaron plasmados en sus novelas, cuentos, cartas (no había Whatsapp), ensayos, entrevistas… porque la literatura transforma el exilio en una lucha intelectual, en un acto de resistencia pacífica, y los muertos de las dictaduras en jóvenes que enarbolaron como bandera la frase «morir de pie a vivir de rodillas» con toda la dureza que supone quedarse antes de la «a»; pero uno no puede evitar memorar otros tiempos cuando escucha una noticia que narra cómo unos jóvenes salen en masa a cazar pokemon. Con todo lo que está pasando: unos días atrás hubo un supuesto intento de golpe de estado que mostró y muestra cómo se ha prostituido la palabra «Democracia» pues se está llevando a cabo una represión injustificable y una forma de actuar propia de un régimen dictatorial; el pueblo sirio sigue sin comprender cómo es posible que los dejemos morir; ya pensamos que Ecuador se reconstruyó solito; la amenaza de otra recesión económica en España; los ataques a la libertad de expresión, las pateras que siguen llegando… y sí, sé que no es justo etiquetar a una población, pues no hay que ir a los jóvenes de los 70 y 80 o rememorar conversaciones en los cafés con intelectuales como Cortázar; sólo en España se me viene a la cabeza muchos nombres de hechos en los últimos dieciséis años: Prestige, Guerra de Irak, los movimientos antiglobalización, 15 M… pero hoy vuelvo a escuchar a un hombre que habla de la reconquista y le echa la culpa a los musulmanes de los atentados en Francia, y me dan ganas de decirle (pero no lo hago): “y es que no sabe usted que la mayoría de los muertos en las acciones más brutales llevadas a cabo por fundamentalistas islámicos son musulmanes”, y entonces pienso que como el miedo a los comunistas ya no existe (excepto en España) ahora se tienen que inventar otro miedo; sí, lo sé, no es justo decir que tiempo pasado fue mejor, y no me queda duda de la gran mayoría de la gente sólo quiere vivir en paz; y ahora no sé si escribo sobre política o es literatura. Veo a los taciturnos (menos a Chejov, pues aún duerme) que dejan de mirar el fondo de su vaso  para salir corriendo del café detrás de Cortázar, Cristina Peri, Gabo y Bolaño, quienes ya han emprendido la carrera; no, no huyen… buscan un pokemon. Sólo puedo decir: ¡Pokemon Go Home!

jueves, 23 de junio de 2016

Sí quiero

Allá por el año 2019 en algún lugar de España...




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—Pase por favor, ¿y usted es?
—Me llamo...
—No, no; el número identificativo que le dieron al entrar. Soy muy profesional y no me gusta desarrollar ningún tipo de vínculo con mis pacientes.
—Si se refiere a la etiqueta en la que pone: ES795, me niego a ser una matrícula de coche. Llámeme Antonio.
—Como quiera ES795, le llamaré Antonio. Muestra síntomas claros de desalienación patriótica, pero vayamos al grano. ¿Qué opina de esas pintadas que aparecieron por toda la ciudad? ¿Cree que ese comportamiento es normal?
—Asumo la autoría de las pintadas y estoy dispuesto a reparar los daños.
—El problema no son las pintadas, eso es lo de menos. La mayoría, según mis informes, aparecen en muros de edificios sin uso; lo que importa es el contenido. ¿Qué es eso del miedo al poderoso?
—Supongo que sabrá que esas palabras pertenecen a Don Quijote quien habló mediante la prosa de Cervantes.
—Sí, sí... ya sé y por eso también la urgencia. ¿Sabe que El Quijote no está entre los libros recomendados por el Estado. ¿Supongo que conoce la multa?
—No se ofenda pero la lista de libros que ofrece el Estado no se podría considerar como literatura; acaso cree que la vida de Telen Esteban, Marujita Semana y La Fantocha se pueden considerar libros; son meros cúmulos de letras plasmadas en folios y grapados o digitalizados... es un insulto a la inteligencia.
—Aja, interesante, presenta el extinto síndrome Fahrenheit 451. Increíble, no salgo de mi asombro. Volviendo atrás; le vuelvo a preguntar: ¿qué es eso del miedo al poderoso y a nosotros mismos?
—Bueno ya sabe, vivimos en tiempos difíciles agraviados por la indecisión de tomar las riendas de nuestra vida y tenemos el derecho y deber de hacerlo.
—Ya veo. Un claro caso de enajenación mental causada por una neurosis reiterativa del lóbulo frontal que causa una visión de la vida irreal en utopía manifiesta. ¡Maravilloso! Lo había estudiado pero nunca vi un caso real. Sí, recuerdo aquellos casos prácticos de los que nos hablaban en la facultad: 15M, Mayo del 68...
—Por favor, dígame qué hago aquí.
—¿No lo sabe? Usted ha sido catalogado como enemigo público mundial primer grado.
—¿Primer grado? ¿Y cuáles son los otros?
—De menor a mayor tenemos: grado 5______ecologistas, Scouts
                                                  grado 4______bolchevique, marxista-leninista,
                                                  grado 3______Pro Venezuela, seguidores de Mafalda
                                                  grado 2______ Soñadores
                                                  grado 1______ Inconformistas

—¿Y qué pasará conmigo?
—Antonio, usted será intervenido de urgencia y sometido a una lobotomía.
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!
—¡Antonio cariño qué te pasa! Tranquilo tuviste una pesadilla.
—Uff, ¿qué días es hoy?
—26 de junio.
—¿Hoy se votaba, verdad?
—Sí claro, pero tú no querías ir.




viernes, 17 de junio de 2016

Destino...

Me preguntó por mi destino, pero no supe contestarle. Quedé sin habla, mudo. Como estatua de carne. Sus ojos color índigo eran imposibles. Iris cachemira que parecían girar con cada parpadeo, en un baile de luz y sombra; sombra creada por sus largas pestañas, qué digo pestañas, hebras escapadas del más bello sari. Así se me presentó…, y así, me habló de nuevo: perdone caballero, ¿va a comprar un billete?, si no es así, le pido que se aparte de la fila. Gracias.

miércoles, 15 de junio de 2016

50 palabras

Cincuenta almas multicolores volaron el pasado domingo en un lento Soul. La Segunda Enmienda volvió a retorcer su trazo en la dialéctica entre el dolor y la vergüenza. Los profetas, desde sus lechos, arañan un cielo de tierra mientras gritan lo que debería cantarse: es amor, es amor, es amor.

martes, 7 de junio de 2016

ROUNDOP READY

A continuación dejo un relato con el que participé en el concurso "Cuando las plantas alimentan los coches", el cual me vino a la cabeza en estos días que se celebró el día mundial del Medio Ambiente.  


—¿Por qué llorás viejo? —Preguntó el pequeño Giovanni a su padre, Nicolás, mientras se fundían los tonos pasteles en un azul cobrizo tras la inmensidad de los campos de soja.
Nicolás, sentado al lado de su hijo sobre una roca y vestido con unos jeans, camisa de algodón caqui y una gorra, respondió a Giovanni mientras se secaba las lágrimas:
—Sabés, hijo. Hace años le lancé una cuestión a mi padre frente a este mismo campo, ¿por qué reís viejo? Y me contestó: “porque acabo de escuchar la hierba crecer”.
Giovanni se quedó en silencio, y tras observar detenidamente los cultivos y las leves olas que formaba el viento en los mismos, volvió a preguntar a su padre:
—¿Y cómo podés escuchar a la hierba crecer?
—Eso mismo le pregunté yo a mi padre, —dijo Nicolás—. Tu abuelo me contó cómo su padre, después del trabajo, se sentaba todos los atardeceres en este mismo lugar y escuchaba como crecían los campos. Pero entonces había maíz y girasoles y trigo. Y allá, en la margen derecha del río, teníamos frutales —dijo Nicolás señalando al Oeste—. Y por donde queda el viejo roble había hortalizas. El día que mi padre, tu abuelo, escuchó por primera vez crecer los campos, echó a reír a carcajadas. Yo estaba con él ese día, y fue cuando le pregunté: ¿por qué reís viejo? Al poco de nacer vos, escuché por primera vez ese sonido… y también reí,  y reí, y reí… y tu madre empezó a reír porque en la cena a cada rato me reía.
Giovanni miraba a su padre fijamente mientras este oteaba el horizonte. Las pupilas del pequeño se dilataron y parecía que le hubieran crecido los ojos, como el sol, que se veía inmenso y parecía sumergirse entre los campos de soja. Tras un breve silencio, Nicolás añadió:
—Hace tiempo que no escucho los campos crecer… Todo se perdió.

Nicolás se levantó en silencio y empezó a caminar hacia su camioneta. Giovanni aún yacía con su mirada perdida en el horizonte.
—Hijo, vení —exclamó Nicolás.
Estaba oscureciendo cuando llegaron a la camioneta. Al entrar en el vehículo se quitó una vieja gorra que tenía impreso en su frontal: «Roundup Ready» y bajo estas palabras «Monsanto». Después de encender el motor, Nicolás accionó las luces. Los focos iluminaron una inmensa valla publicitaria de latón, oxidada por los bordes, donde se veía una gran imagen de un campesino sosteniendo una planta de soja entre sus manos y de fondo un extenso cultivo de la misma planta, en el que se podía leer en grande «ALIMENTAMOS EL PAÍS»  y con letra más pequeña y justamente debajo «Argentina con vos siempre». En el margen derecho y una palabra encima de otra «CONABIA, INIAS y ASA», con sus respectivos logotipos.

Al llegar a casa, Laila, una perra mestiza de pastor alemán y labrador, salió a su encuentro agitando afanosamente el rabo, mientras daba vueltas sobre sí misma. La casa era de dos plantas; de madera; pintada de color blanco. La pintura descascarillada dejaba ver una madera ennegrecida con el paso de los años, dando un aspecto muy deteriorado a la casa. El terreno no presentaba cerco en la parte delantera, pero sí en la trasera donde tenían un pequeño cobertizo. Unos metros detrás de éste, y al lado de una pequeña alberca que usaban en verano de piscina, se levantaba la quijotesca figura de un tractor marca Lamborghini que compró Lucas, el padre de Nicolás.

Entraron en la casa. Un inconfundible olor se expandía por toda la estancia. Giovanni soltó su cazadora en el perchero más bajo y corrió hacia la cocina siguiendo el olor del estofado de carne.
—Uhmmmm que rico huele vieja, —dijo Giovanni entrando en la cocina y dirigiéndose hacia la olla.
—Cada vez te parecés más a tu padre, ¡ya olvidaste el beso! —exclamo Andrea, la madre del muchacho.
—¡Perdoná vieja! —se disculpó el niño. En ese momento entró Nicolás, diciendo:
—¡Y en qué se parece este niño a mi si es posible saber! —dijo en tono burlesco.
—Pues en que entraste y no le diste un beso a tu mujer, ¡vos te parecés cada vez más a tu hijo! —Dijo Giovanni, y rieron todos.

Se sentaron a comer en la mesa de  madera, cubierta por un hule de cuadros blancos y azules, que estaba dentro de la cocina. Ésta no era muy grande. Compuesta por tres módulos de madera, una cocina de gas y un horno de leña. Encima de la hornilla de gas una pequeña ventana orientada al Este. En la pared, frente a la ventana, colgados algunos útiles de la vida rural de otra época: tres llaves de hierro de gran tamaño, una viaja cuchara de latón, un plato con motivos florales y un viejo reloj que el tiempo había parado. Andrea sirvió a Giovanni y a Nicolás.
        Andrea, ¿no comés? —Preguntó Nicolás.
        No ya cené mientras esperaba —dijo Andrea con un semblante serio.
Cuando Giovanni terminó su plato pidió permiso a la madre para agarrar un yogurt. La madre respondió:
—Sí hijo, mirá a ver, creo que queda uno.
Después de comerse el yogurt Giovanni preguntó:
—¿Puedo ver la televisión? A lo cual se adelantó Andrea a responder:
—No hijo, mañana tenés escuela y después no hay quien te levante. Podés leer un rato si querés.
—¿Subes después y me arropas? –Preguntó Giovanni.
—Después subo y te doy un beso de buenas noches –dijo Andrea.
—Buenas noches viejo, —dijo el niño dándole un beso a su padre.
Andrea se levantó y puso agua a hervir. Le acercó la matera y la hierba a Nicolás. La casa quedó en silencio. Solo se escuchaba levemente la radio.
—No sé que hacer, eché el último trozo de res en el estofado y ya no tenemos  más plata —dijo Andrea mientras se condensaban lágrimas en sus ojos, retenidas unos segundos por sus largas y tupidas pestañas.
—Tranquila mujer, le pediré algo prestado a Marcos para los próximos días, —dijo Nicolás.
—Los Ibarra también se van. –Dijo Andrea, como si hubiera retenido esa frase hasta salir contra su voluntad, y añadió— Carla tiene una tía en Buenos Aires y parece que puede conseguirle trabajo como asistenta de hogar.
—¡Pero qué decís mujer! ¡Creés que no puedo hacerme cargo de mi familia! –dijo Nicolás subiendo el tono de voz.
—Yo no dije eso —respondió Andrea mientas agarraba la mano de su marido—. Pero no podemos seguir así. Hasta cuándo creés que podemos aguantar. Vos sabés mejor que yo que esto no mejorará, quedarnos aquí es condenarnos a nosotros y nuestro hijo —añadió Andrea apretando con todas sus fuerzas la mano de Nicolás y reprimiendo el llanto y las ganas de gritar.
—Me pedís que abandone todo lo que tenemos para irnos a la ciudad, a hacer qué… para que trabajés en la casa de otros —dijo Nicolás.
—Sí, si es necesario. Por lo menos no nos moriremos de hambre –dijo Andrea. Tras un breve silencio, añadió Nicolás:
—¡Y qué querés que yo haga!, el campo es toda mi vida.
—Pero aquí ya no hay vida, ¡no me jodás!, —dijo Andrea elevando el tono de voz y soltándose en llanto—. ¿Y qué querés para tu hijo? ¡La soja querés, esa jodida nos está quitando la vida! —dijo Andrea gritando.

Andrea se levantó y se fue. Nicolás escuchó como subía por las escaleras hacia el cuarto de Giovanni. El hombre se quedó sumergido en sus pensamientos. El sonido del agua hirviendo y derramándose de la olla lo sacó de sí. Se levantó y apagó el fuego. Agarró las asas con un trapo y volcó el contenido en un termo. Apagó la radio para volver a la mesa. Llenó el mate con la hierba y empezó a cebarlo.
Después de una hora se levantó y dirigió sus pasos hacia la puerta trasera de la casa, atravesando el salón. Salió de la casa y cruzó el patio hasta el cobertizo. Paró delante de la puerta. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y escogió una llave oxidada. Abrió el candado con la misma y entró. Fue hacia el fondo. Apartó una vieja corta césped, un rastrillo y una pala. Movió una caja de cartón, que contenía latas de pintura con las tapas corroídas por el óxido, y una vieja batería de coche. Se agachó delante de una caja de hierro cubierta por un trozo de tela. Destapó la caja, moviendo la capa de polvo que se había acumulado durante años, y miró detenidamente el candado. Volvió a sacar el manojo de llaves. Seleccionó una pequeña llave del mismo y la introdujo en el candado. Giró suavemente la llave pero el candado no saltó. Movió la llave en varias direcciones hasta que finalmente se abrió. Quitó el candado y levantó la tapa de la caja. Agarró un objeto cubierto por restos de una camisa de franela. Lo destapó y quedó a la vista un revólver, un viejo Colt. Abrió el tambor y vio que estaba vacío. Buscó en la caja y halló otro trozo de la camisa que envolvía 9 balas. Introdujo lentamente una bala en cada una de las seis recámaras. Se levantó. Observó el revolver. Levantó el mismo lentamente hasta introducir el cañón en su boca. Sintió el frío del hierro en contacto con sus labios y su lengua. Cerró los ojos mientras un escalofrío le invadía todo el cuerpo. Con el pulgar empezó suavemente a presionar el gatillo. El sudor le resbalaba desde la frente al cuello. Podía escuchar los latidos de su corazón en los oídos. Un sabor amargo le invadió la boca. Abrió los ojos decidido a poner fin a su vida. Observó delante de él una viaja foto colgada en la pared. Era él de niño junto a su padre, su abuelo y aquel viejo tractor. Se acordó del momento en que tomaron la fotografía. El motivo fue la compra del tractor. Momentos antes, Lucas, el padre de Nicolás, sentó al pequeño Nicolás en sus piernas y le entregó el volante de la máquina. Nicolás, a pesar de tantos años atrás, recordaba las palabras exactas de la conversación: “me da miedo viejo”, a lo cual respondió su padre: “Hijo, los miedos siempre están ahí. Si no te enfrentás a ellos, nunca se irán. Agarrá el volante. No temás”.

Nicolás sintió en ese instante como una gran tranquilidad le invadía todo el cuerpo. Fue retirando lentamente la tensión sobre el gatillo. En ese momento escuchó como se abría la puerta, apresurándose a apartar el revolver de su boca y volviendo a aplicar fuerza sobre el dedo pulgar, esta vez sin pretenderlo, y accionando el gatillo. Un fuerte estruendo se escuchó en toda la casa. Laila, la perra, había asomado la cabeza por la puerta, y tras la detonación, salió aullando y corriendo en dirección a la casa. El disparo despertó al pequeño Giovanni y su madre, que se había dormido junto a él.



Managua, septiembre de 2013.